Hoy quiero compartir con ustedes algo que me tiene el corazón inflado de orgullo, pero que más allá de la alegría familiar, me dejó una reflexión profunda sobre el tipo de personas que decidimos ser.
Hace poco, mi papá se postuló para el Consejo de Vigilancia de la Caja de Ahorro de los profesores universitarios. Los resultados fueron increíbles: no solo ganó su equipo, sino que él, a título personal, obtuvo una votación incluso mayor que la candidata principal de la lista.
Al ver ese apoyo masivo, no pude evitar pensar en lo que hay detrás de esos votos. No hubo grandes campañas ni promesas ruidosas; lo que hubo fue coherencia. Mi papá siempre ha sido ese tipo de líder que no necesita gritar para que lo escuchen. Su autoridad nace de sus actos, de su ética como profesional y de esa forma de ser que no te presiona ni te exige, sino que simplemente "es" y te invita a seguirlo a través de sus hechos.
Me inspira profundamente ver que, a pesar de los años y de las vicisitudes que todos conocemos, él no baja los brazos. En un momento donde muchos eligen el desánimo o el retiro silencioso, él decide seguir creyendo y apostando por su universidad y por su país. Verlo trabajar con esa mística, queriendo hacer siempre las cosas bien aun en circunstancias desfavorables, es la mejor lección de resiliencia que he recibido.
Como su hija, esta victoria me da un "segundo aire". Me confirma que no importa la edad ni qué tan cuesta arriba parezca el camino: hacer lo correcto y mantener la integridad siempre rinde frutos. Su ejemplo me empuja a seguir adelante con mis propios retos, recordándome que la mejor forma de enseñar no es con discursos, sino con la vida misma.
A veces buscamos grandes referentes en libros o figuras lejanas, cuando el mejor manual de crecimiento personal lo tenemos sentado a la mesa, mostrándonos en silencio que rendirse no es una opción cuando se tiene un propósito claro.
¡Gracias, viejo, por ser mi motor y mi mejor ejemplo!

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